Las palabras y los límites

Algunas reflexiones sobre la palabra y sus límites (Scheherezada, Freud y Hugo Mugica)

Por Lic. Emmanuel Cassanese

Frente al adulterio realizado por su esposa, el sultán Schahriar decide, despóticamente, casarse con una virgen cada noche y al día siguiente asesinarla para evitar nuevas infidelidades. El visir (ministro del soberano musulmán) le iba entregando una doncella diferente cada noche, corriendo todas la misma suerte: la muerte al amanecer. El problema surge cuando le toca el turno a la hija del visir, llamada Scheherezada. Imposible detenerla, ella quiere presentarse ante el sultán, más allá de los ruegos y amenazas de su padre. Scheherezada ha leído muchas historias, leyendas variadas, crónicas de diferente índole, y además posee una memoria extraordinaria y prodigiosa. Hace una apuesta: Hablar. Relatar. Contarle una historia diferente al sultán cada noche, y así retrasar su muerte y la de tantas otras mujeres. Y en esas historias que va narrando, cada relato abre a otro y a otro…

Así comienza “Las mil y una noches”, majestuosa obra árabe de autor anónimo, que recolecta relatos populares que van del siglo V al IX, aproximadamente.

En estos tiempos actuales, donde la imagen predomina sobre la palabra, siglo éste y el pasado “el de las nuevas tecnologías”, que muy bien aún no sabemos hacia donde nos conducen, pero que nos llevan a un ritmo vertiginoso en el cual hay poco procesamiento de la información, donde, decía, la imagen tarda en decodificarse por su atiborramiento de las mismas, su velocidad e información que portan nos dejan perplejos, pasando de una imagen a otra sin elaboración de lo que las mismas transmiten, resulta sugestivo, entonces, por no decir extraño, el valor del relato de Scheherezada para hablar, relatar, retrasar la muerte, que siempre triunfadora, pero no por eso menos poéticamente metaforizada. La sultana sabe que hablando puede cambiar su coyuntura. Porque algo puede perder, su vida, algo puede modificar, su historia.

Siglo IX, Oriente Medio medieval, por entonces. Hoy siglo XXI, cultura occidental, globalizada; los medicamentos, por solo citar algunos ejemplos, el aumento de la automedicación, (enmarcados en un contexto de lucro desmedido sobre la salud mental y un estado corrido de sus responsabilidades sociales) el stress, los efectos de los mass media, la era de la comunicación virtual pero llamativamente de incomunicación concreta, duermen la posibilidad del relato como forma de hablar frente al peligro, el dolor propio y ajeno, de hablar sobre nuestras propias historias, reflexionarlas y ser actores activos de nuestros propios destinos.

¿Qué lugar para el psicoanálisis? Práctica basada en el relato, en el hablar y en la escucha, no cualquier escucha, sino una diferente. Aquélla que devuelve al sujeto lo que dijo, sin saber que en lo que va diciendo hay mucho más, pero el paciente no lo sabe o solo hablando algo sabrá. Otra vez la palabra, la narración: porque hay dolor, hay muerte, entonces habrá historia para contar. Isabel de R., uno de los casos más conocidos de Sigmund Freud, sufría de dolores en las piernas (astasia-abasia) y tenía dificultad para andar lo que le impedía caminar. Pero lo que ahí sucedía era que ella “no lograba avanzar un solo paso”, expresión simbólica de sus pensamientos dolorosos, de su propia vida en tanto no avanzaba en la misma (Isabel estaba enamorada de su cuñado, culpa que se agrava al morirse su hermana, y en ese punto queda “sin poder avanzar un solo paso en relación a sus afectos). Parece un chiste, y es que el lenguaje así se manifiesta, por no decir que la vida tiene ese tinte tragicómico también. La palabra nos habita y nos habla. Somos hablados por el lenguaje, la apuesta es a narrar, para que su ola expansiva nos lleve a lugares inesperados, dolorosos, sorpresivos, sinsentidos otros, y así hacer historia con nosotros mismos. Contarla. Volviendo a Freud, él, en este caso, logra desentrañar y anudar el cuerpo dolorido simbólicamente con el relato de Isabel de R. Años más tarde Freud la encontrará en una fiesta disfrutando del baile y pronta a casarse con un extranjero.

Pero no todo se puede contar. No alcanza el relato. Hay un vacío irrepresentable. Se lo tiende a llenar con palabras, pero éstas no alcanzan, apenas podrán bordear ese vacío tan íntimo. Por más imagen, tan a la orden del día que busquemos, por más palabra satisfactoria que encontremos, vivimos con ese vacío, que vuelve, y vuelve al mismo lugar. Siempre. Más allá de las imágenes y palabras que portemos, ese agujero, que es inherente al ser hablante, persiste y sus gotas terminan empapándonos. El tema es qué trato le damos a las mismas. De nada sirven los paraguas, pilotos o botas que usemos, siempre nos empapamos. Es el dolor y el vacío humano, indecibles, y frente a eso no queremos ni asomarnos, pero insiste, generando bronca, dolor, ansiedades y todos los tipos de patologías que queramos nombrar, claro, que como decíamos, aún así no es nombrable. Si una imagen vale más que mil palabras, podemos afirmar que un poema vale más que mil palabras, y es más, puede hablar de alguna manera de eso ajeno que nos habita. Hugo Mujica, sacerdote y poeta, lo dice muy insinuante en estas líneas:

Cierro el puño

Y golpeo,

Cierro el puño,

Para no ver la

Mano vacía.

Lo irrepresentable de la muerte, del vacío, lleva a Scheherezada a relatar, en el hablar de Isabel de R., dolor mediante, vemos la fecundidad de la palabra en su posibilidad de ampliar los significados, y por último, en la poesía de Mujica el intento de bordear “eso”, lo no pronunciable. Pero el anoticiarnos de este vacío, nos lleva a la responsabilidad sobre el mismo, y no para llenarlo con tanto ruido de afuera. Al fin y al cabo es un llamado a escucharnos:

Golpeando la puerta

De la casa vacía

No para que me abran,

Para escucharme llamado.

BIBLIOGRAFIA:

-Anónimo: “Las mil y una noches” Ed. Longseller

-Freud, Sigmund: “Estudios sobre la histeria” Biblioteca Nueva Tomo I

- Mujica, Hugo: “Poesía completa 1983-2004” Ed. Seix Barrial