Qué cura un psicoanalista

Por Lic. Iván Álvarez

¿El psicoanálisis se propone curar? ¿Qué cura? ¿Cura igual sin proponérselo? ¿De qué manera?

¿Cuál es su método?

Estos interrogantes aparecen de tanto en tanto en la comunidad psi, influenciada ésta, inevitablemente, por el resto de la sociedad, ya que cíclicamente se presentan en revistas de actualidad, a través de distintos referentes que se ocupan de ellos.

El psicoanálisis va en sentido contrario al discurso imperante en la organización de la sociedad. Y esto se produce porque el Discurso Amo sostiene el status quo de la vida moderna, quedando velada la Verdad que lo comanda, que es el Sujeto barrado. Justamente es este el que se revela con su propia verdad, a través de diferentes modos, uno de los cuales es la producción de síntomas.

El sentido común que rige la organización social pregona la unión con el Otro. Uno y Otro se encontrarían en una perfecta armonía. Esta juntura, que no deja resto, se presentaría en distintos ámbitos: en el de la comunicación, en el del conocimiento, y en el sexual. Lo que daría la posibilidad de entendernos, de conocer la realidad y de experimentar una perfecta unión sexual entre dos.

Pero, ¿con qué nos encontramos en nuestra práctica clínica cada día? Con que eso falla, no es posible. Con que esas ideas son anhelos que no se cumplen. Y una de las modalidades a través de la cual esto asoma es la producción de síntomas.

El síntoma en el sentido médico es signo de un desarreglo funcional del organismo, que debe ser atendido, curado. En esta lógica, aquel se presenta denunciando el desarmado de la armonía entre el viviente y su entorno.

El psicoanálisis no lo piensa del mismo modo. Parte de la base de que tal concordancia no existe y de que no hay adecuación entre el sujeto y el objeto. Por lo tanto, el síntoma es entendido como un intento de goce, que responde a la falta del armónico encuentro entre dos sexos, a la falta de la inscripción de la relación sexual.

Una vez que el sujeto instaura un modo de goce llamado síntoma, una vez que lo logra, ¿por qué querría sacárselo de encima?

Porque puede ocurrir que esa solución de compromiso ya no le sirva, le resulte insuficiente, o porque el exceso de goce sea tal, que resulte un impedimento para desempeñarse en la vida cotidiana, funcionando como un obstáculo para su deseo.

Es en ese momento cuando puede llegar a presentarse en una consulta con algún profesional de la "Salud Mental", pero sin saber de antemano qué pide, o qué esperará de ese encuentro, ya que no siempre lo que se pide es que lo "curemos". Por eso es recomendable tomarnos un tiempo de entrevistas con aquel que se nos presenta, para poder establecer la demanda que está en juego en esa consulta y obviamente también para que la relación transferencial se establezca. Esto último sería que el síntoma termine de armarse en relación a aquel que tiene enfrente, ya que el psicoanálisis sólo puede curar aquello que él mismo produce. Sólo de este modo puede abordar la verdad subjetiva que está en juego en el armazón sintomático.

Quisiera ilustrar esta idea con el recorte de un caso clínico:

Celina es una mujer de 31 años, quien consulta a instancias de su médico clínico, por “fobia” y “pánico” a la muerte, ahogos y angustia (opresión en el pecho).

Dicha fobia comenzó hace “6 u 8 meses”, después de que “se murió el papá de mi amiga”. Lo cual la lleva a hablar de un hecho trascendental para ella, que fue el fallecimiento de su padre, hace 6 años, de cáncer en los pulmones: “Yo siempre fui la nena de él".

También señala que está “ansiosa”. Ella es docente de Jardín, le gusta su trabajo, porque le permite “enseñar” y “jugar como una nena”, además de ser un ámbito en el que se siente “querida, escuchada y respetada”.

En el tercer encuentro despliega la relación con su madre, a la cual le reprocha que haya sido “tan boluda”, porque siempre cedía a la palabra de la abuela paterna. Y allí aparece una frase importante: “No me gusta dar lástima”. “Trato de no parecerme a mi mamá”.

En el sexto encuentro que mantenemos transcurre uno de los hechos más significativos del tratamiento. Comienza hablando de la relación entre su “enfermedad” y su médico clínico -al cual le “rompe las bolas” con sus miedos y ansiedades- y el motivo por el cual éste la derivó conmigo. Entonces yo le digo, sin pensarlo - de ningún modo controlado, casi como un exabrupto- “entonces me venís a romper las bolas a mi”. En ese momento Celina cambia totalmente su talante, se enoja muchísimo, y comienza a decir que yo no le puedo decir eso, que soy su psicólogo, y sobre todo, que le da mucha bronca porque conmigo “no se puede vengar”. Yo quedé absolutamente desconcertado por lo que yo mismo había dicho, y por la reacción de ella: “Te sentiste tocada por eso…”. En ese momento relata que eso mismo lo sintió con otro hombre que le dijo algo en relación a su padre, dejándolo en un lugar de impotencia, "como un boludo". Y que luego tramó una venganza contra éste por lo mal que la había hecho sentir; pero que conmigo no tenía modo de vengarse, ya que lo único que podía hacer era no concurrir más a las entrevistas, pero ella consideraba que eso en mí no iba a hacer mella.

A partir de este momento, con el transcurso de las consultas, comienza a producirse una serie de permutaciones en cuanto a su sintomatología:

  • Comienza a historizar sus síntomas, a colocarlos en una serie en la que se juega la identificación con sus padres, renegando de su identificación materna
  • Los ahogos dejan de estar conectados con la muerte;
  • Vuelve a tener relaciones sexuales con su marido, como las tenía antes de que irrumpieran estos síntomas en su vida;
  • Comienza a salir de su casa, sobre todo con amigas;
  • Los ahogos desaparecen,
  • Y finalmente, después de varios meses, no tiene más “fobia”, tampoco “ahogos”, no teme que su hija se enferme, ni tampoco tiene miedo a la muerte.

Obviamente esto se produjo a partir de diferentes intervenciones que se fueron sucediendo en las entrevistas, pero que no despliego en este escrito. La idea es ubicar el momento en el cual el lazo transferencial se establece, cuando dejamos de ser dos, para formar parte de un mismo espacio, un "entre dos", lazo transferencial trabajado por J. Lacan en el seminario 21.

Esta paciente llegó a la consulta del mismo modo que lo hiciera con cualquier profesional de la salud, demandando una solución a su padecimiento. La posición recibida hasta ese momento había sido la de quien resolvería el sufrimiento apelando a verdades objetivas, llamadas "tratamientos", que le eliminarían el mal. Esta posición de poder y saber terminaba, sistemáticamente, en el fracaso. Mi posición consistió en tomarme un tiempo de escucha, de situar ciertas coordenadas que me permitieran algún tipo de intervención. En las primeras entrevistas yo estaba por fuera del cuadro, objetivamente analizaba u observaba la situación. El cambio se produce en este sexto encuentro en el que algo de mí aparece, de un modo totalmente intempestivo y sorpresivo, y la relación transferencial se establece. J. Lacan nos propone, nos insta, a ser incautos del Inconciente, a dejarnos llevar por él, a seguirlo. Y también trata la "telepatía" de Freud, como un encuentro de Inconcientes que se comunican.

¿Por qué es necesario tener en cuenta estas indicaciones? Porque dejándonos llevar por ese "hilo especial" por el cual se "comunican" estas estructuras, aparece la interpretación verdadera, aquella que alcanza el goce, lo Real que goza en el síntoma.

Es justamente a partir de esta interpretación -que podemos decir que es verdadera por el efecto que sobrevino inmediatamente- que comienza a producirse el despliegue de la verdad subjetiva que conllevaba el síntoma.

Y es a partir de que se deja de gozar con el síntoma que puede producirse otro tipo de vínculo social, mediatizado por el deseo.